XLV

Se hace difícil creer, parece una broma de mal gusto, que el lugar abandonado, la ruina, el objeto de rechazo que nadie quiere ni cuida, se haya convertido en un lugar de promoción personal, una oportunidad para obtener beneficios o ascender en la escala social. En consonancia con el auge del aprovechamiento de los residuos y el reciclaje, los despojos y desechos de la sociedad aparecen como una suerte de escalera de podredumbre, de cuesta de la miseria, a cuyos pies combaten todo tipo de personas, no tan sólo los situados más abajo, para obtener una migaja del botín, carrera contra el tiempo para conseguir apoderarse de lo poco que queda, la basura que otros no quieren. El desperdicio, la escoria, es la nueva medalla que lucen tanto los desposeídos como los bien situados, en un afán de sacar provecho, obtener un reconocimiento que la sociedad exige, por uno u otro medio. Es un fenómeno sorprendente, de tono humorístico, querer ser alguien, recibir la aprobación de otros, a partir de lo que no vale nada, de la acumulación de detritos; no deja de ser una buena muestra del fondo de la cuestión, de la verdad que subyace a la escala de aceptación, éxito ilusorio, que asienta sus fundamentos en el lodo, se yergue a partir de la basura, capaz de todo y de aprovecharlo todo para ser el sujeto que todos reconocen. El sujeto sin valores se apodera de lo que no tiene valor; a estos efectos, la captura de imágenes se parece más a un acto de rapiña que cualquier otra cosa, con el agravante que no se presenta como tal, sino bajo el disfraz creativo, la pátina artística, para los que todavía creen en el arte como producción de estereotipos. El fotógrafo de lugares abandonados es una especie en extinción, maldita; el tópico ha fagocitado la visión y el vidente, la presentación de las cosas, la gracia peculiar del mundo, ha quedado reducida a una representación. La pasividad sensible que caracteriza a la FOTOGRAFÍA, grabado de luz, se ha transformado en una actividad frenética de publicidad del sujeto que, para optimizar su función, aumentar las posibilidades de éxito, se dedica a COLOCAR cosas en lugar de VER cosas, con arreglo a estándares de composición. Como la imagen ya no es expresión de un punto de vista sino a la vez fin y un mero medio para poder situarse en el escalafón laboral o profesional, alcanzar cierta valoración, es mucho más fácil disponer el espacio y los objetos según lo estipulado que intentar encontrar algo que a lo mejor no aparece. Visión escolar del mundo, utilitaria, estandarizada, incapaz de ver y pensar a partir de su propia experiencia, precisamente porque el sujeto piensa en sí mismo antes que nada, por encima de todas las cosas, según lo que cree que los otros esperan de él; la puerilidad, la falta de atención al mundo, el desprecio a su manera de ser, provoca la esterilidad de la mirada. El MODELO previo mide el valor de la imagen, incluso la construye, según la lejanía o la cercanía a sus parámetros de evaluación. En realidad, la inmensa mayoría de las imágenes actuales no son sino copias con ligeras variantes, producidas en serie por millones de foto-trabajadores anónimos o destacados, en busca de un reconocimiento que, en la mayoría de los casos, nunca llegará, y en el resto tendrá un valor nulo. Una IMAGEN no tiene modelo ni puede tenerlo, es inmodelable, poco modélica; la única perfección que alcanza es la imperfección. Como en muchos otros ámbitos, el modelo está matando, sustituyendo a la cosa; la suplantación, la falsificación de la vida, el modelo como realidad de referencia, es el único valor que se promueve, incita y propaga. Es un suicidio productivo. A pesar de todo, el lugar abandonado tampoco tiene modelo, es justo la falta de modelo, aunque sólo pueda verlo aquel que deja a la entrada, en el umbral del abandono, sus pertenencias, la máscara social, esto es, la persona. No es una visión para sujetos de reconocimiento, es una visión impersonal, presubjetiva y, sin embargo, distinta, plenamente singular. Habrá que verlo.
► Caput retis XXV   / ► Caput belli XXVII

XLIV

En principio, adentrarse en un lugar abandonado, preferiblemente sin conocimiento previo, tiene por sentido dejar de ser el que somos, librarse del sujeto, de estar sujeto y, por tanto, acabar con la segunda persona del plural, la pantalla social, la red de generalidades objetivas y subjetivas, el modelado continuo e inadvertido de identidades, coágulo de imágenes y pensamientos, clausura vital. El visitante del abandono, desde el momento que entra, ya no puede decir YO ni hablar, ver ni pensar en nombre del NOSOTROS. No representa nada ni es representante de nadie. Desde esta perspectiva, la protoexploración, la exploración primordial y metafísica, es un acto de libertad, un acto libre dentro de ciertos límites; un ejercicio de exposición, y una experiencia (de lo) singular. Es un acto libre porque no está regulado ni sujeto a control, no hay rutas preasignadas ni paradas obligadas, el visitante es libre de ver lo que quiera, según la libertad que le ofrece el propio lugar. El operador de exploración no necesita el permiso ni el beneplácito de ninguna instancia, persona física o jurídica. VE allá donde llegan sus ojos. Es una exposición porque el individuo se expone, queda expuesto al mundo sin ninguna protección, sin la seguridad y la vigilancia de la red social. Está solo, no puede pedir ayuda ni confiar en recibirla, abandonado a su suerte en el abandono. Corre el peligro y los placeres prohibidos de la soledad. Y es una experiencia singular, de la singularidad, porque se enfrenta a lo desconocido, a un espacio animado, cambiante, con mil caras, que le espera a cada paso, a cada recodo del pasillo, en cada puerta. Estos tres gradientes que miden la intensidad de la exploración son fáciles de desvirtuar, de anular, de tal modo que conviertan la actividad en un sucedáneo, un ersatz, un hacer que se hace algo sin hacerlo en realidad, una pantomima, registrada en imágenes, una etiqueta vacía de contenido. Las visitas con permiso es evidente que anulan, son el bloqueo in situ e instantáneo del acto libre y la exposición. El individuo acepta la tutela de un elemento ajeno, tal cual un museo, respetando cordones de seguridad y barreras de protección imaginarias, sigue las señales y las indicaciones pertinentes como el más obediente de los turistas. Todo está listo y preparado, incluso limpio. No ha de preocuparse por nada; la visita se desarrolla con tranquilidad. Está seguro. Es una caja de experiencia prefabricada. En lugar de asistir a la PRESENTACIÓN de un lugar asistimos a su REPRESENTACIÓN, alguien se ha esmerado en el cuidado, la disposición, orden y apariencia de las cosas. La pérdida de la libertad de visión corre pareja a la pérdida de libertad de presentación del lugar. El sujeto y el objeto han caído prisioneros de la misma trampa. Un prisionero nunca podrá abandonarse, nunca estará abandonado, siempre estará vigilado, encerrado, limitado por otro, por la voluntad de otro. Otro bloqueo es el grupo, que afecta por igual a la exposición como a la singularidad. Desde el instante que la soledad se pierde, el lugar podrá ser muchas cosas, pero a bien seguro no estará abandonado, será todo lo contrario, un lugar poblado, un lugar humano, con todas las miserias habituales, por circunstancial que sea la población. De forma automática, el sujeto hará lo mismo que haría en otra parte, sin importar el lugar en el que esté, se despertará en su interior el instinto gregario, el afán de reconocimiento por el colectivo. Intentará caer bien, ser aceptado, actuará en vez de existir. Añadirá a la representación del lugar su propia representación, su teatro interior de sombras y tinieblas, neurosis en curso. En sociedad siempre es así; en un lugar abandonado, en medio de las ruinas de la civilización, es en especial ridículo. Precisamente porque ser libre es estar expuesto, exponerse, estar expuesto a todo, sin otra protección que uno mismo, indefenso, el grupo y el permiso suministran una protección adicional, una seguridad, al precio de anular la libertad y provocar el embotamiento, la anulación de la percepción, en el mejor de los casos, la igualación de la experiencia según patrones e ideas compartidas. El colectivo paraliza, nivela y marca límites en la VISIÓN, y en repetidas ocasiones cuesta observar alguna diferencia entre las diferentes visiones. Miramos las imágenes. El tratamiento del tema, los centros de interés, encuadres, enfoque, composición, incluso el procesado, son semejantes, iguales hasta el punto de ser casi idénticos. Imágenes idénticas de los mismos sitios. No es una parodia. Podría serlo perfectamente. Cuesta creer que estemos hablando de lugares abandonados, la cuna de la singularidad. Es el efecto perverso del grupo. La indefensión, el miedo, la soledad, llevan al individuo, también y de forma más llamativa en un abandono, a reivindicarse como un YO reconocido por un NOSOTROS. Si tenemos en cuenta que entrar en un lugar abandonado pretende todo lo contrario, tendremos una medida muy precisa del nivel de despropósito y ceguera de la denominada exploración. El máximo de esta tendencia, el nivel imposible de superar, la desvirtuación completa, se alcanza cuando se crea un nuevo colectivo, una familiaridad donde reconocerse y ser lo mismo: urbex.

XLIII

La imagen de Cenicienta, lugar alucinatorio, rebobina hacia atrás. Unos instantes hacia el pasado. Vuelve a mirar el libro colgante, deshilachado en los bordes. No toca nada. Sólo mira. El éxtasis no tiene por qué ser complicado. Y mira según cómo quiere ser visto el lugar, lo que es posible ver, según se muestra, a partir de sus veladuras y presencias, la manera peculiar de exhibirse y ocultarse a cada momento. El lugar abandonado tiene sus deseos, presenta inclinaciones, decide cómo y hasta dónde quiere mostrarse, como si se tratara de una proyección de una película que tiene como condición a priori una serie de decisiones sobre el material a escoger, las escenas suprimidas o elegidas, las elipsis, la duración del metraje. Es la PRESENTACIÓN. Debe respetarla. Tocar de forma grosera, manosear o rebuscar delata a los seres ávidos y vulgares. El lugar abandonado es un agente pasivo revelador, funciona como una prueba que manifiesta la verdadera naturaleza de los sujetos y sus deseos más ocultos. El afán de posesión, la idea fija de la propiedad, el síndrome vis¡ble del propietario, es lo primero que sale a la luz. Hay costumbres que no se olvidan fácilmente. Basta con ver ciertas miradas, observar determinados comportamientos. Incluso en un lugar abandonado, el sujeto busca el provecho en las ruinas, se comporta con la avidez acostumbrada, no puede evitar contemplar los despojos y desechos de otros como una manera de aumentar sus posesiones imaginarias, ya sean de prestigio personal, económicas o fetichistas. No son animales hambrientos que hurgan en un montón de basura, entre los chillidos de las gaviotas, pero se comportan igual sin motivo. El MUNDO como mucho pide ser acariciado con la mirada y el tacto, apenas rozado, quizá escuchado con atención, nunca tocado bruscamente ni manipulado sin contemplaciones. La delicadeza es necesaria en todo. El maltrato también existe en el reino de los objetos. Las cosas son (en) el mismo mundo que somos nosotros. No hay otro mundo. Maltratar una cosa, no tratarla con la atención que se merece, es maltratarse a sí mismo. La forma de tratar a los objetos y seres, el trato con el mundo, es un reflejo, una imagen del trato que uno se da a sí mismo, también cómo se desprecia, el odio que acumula. Tanto odia el mundo como se odia a sí mismo. Puede verse. Lo comprueba a diario. Este rechazo pasa por alto, desatiende la señal primigenia: algo que mira desde la cosa coincide con la mirada de alguien sobre ella. La visión es un cruce de miradas, una encrucijada, manifiesta un punto de encuentro, un mutuo reconocimiento, una muestra de entrega y aprecio. Es imposible mirar aquello que se odia, también lo que se anhela poseer. Hay un DESEO del lugar abandonado que hay que respetar, una forma de ser y de estar, de mostrarse, de darse a conocer. Es ASÍ, y no de otra manera. Mira de nuevo el libro colgando. Está ahí tal cual quedó, abierto por una página al azar, destripado, en una posición cualquiera. Amarillea con el paso del tiempo. Se exhibe tal cual sin más, sin motivo aparente, no ha sido pensado para SER VISTO, permanece inmóvil ajeno a toda planificación o predeterminación, irreductible a todo modelo. Nada ni nadie podía prever esta imagen real antes de verla. Dios el que menos, el hombre como supuesta imagen de Dios tampoco. Habría que ser poco perspicaz, acumular dosis notables de vanidad y soberbia, para creerse capaz de hacer las cosas mejor que el mundo, considerar que una idea previa de cómo han de ser las cosas superará a los innumerables factores al azar que se expresan en una imagen cualquiera, por miserable que sea. Dios es un error en todas partes, más todavía en un abandono. La única naturaleza que distingue al lugar abandonado respecto a los lugares habitados, siempre supervisados, bajo el control de una directriz humana que tiende a un fin, es el ASÍ, ser así, la contingencia radical de una lugar que se presenta, tiene a bien exhibirse de una manera cualquiera, más allá o más acá de todo cálculo, que muestra su verdadero carácter, el potencial oculto, la potencia de ser, hasta dónde puede llegar a ser por sus propios medios. La VISIÓN que capta esta esencia gratuita, no premeditada e involuntaria del lugar abandonado puede considerarse afortunada, canta la gloria de un mundo irrevocable, penetra en el corazón de las cosas. Es la ley del abandono, su carta natal. La desafortunada intervención humana puede revertir el proceso. Un lugar que deje de regirse por esta ley no escrita, que ya no sea de cualquier manera porque el sujeto impone de nuevo su dominio, SU manera de hacer las cosas, deja de estar abandonado, se convierte en otra cosa, vuelve a entrar en el círculo humano, es objeto de proyectos, ídolos y fetiches. La reintegración destruye el encanto, borra la diferencia. El abandono como circo de tinieblas, experimento de laboratorio o estudio fotográfico donde jugar a ser dioses de cartón piedra, de rápida ignición y combustión. Este hecho pone de relieve la fragilidad de los lugares abandonados, que se esfuman en el aire, volutas de humo fugitivas, se funden en la mano poco cuidadosa, debido al calor, como los copos de nieve. Son frágiles; todos pueden verlos pero no todos los ven. Sólo puede verlos quien no busque verlos, quien no quiera atraparlos, utilizarlos ni sojuzgarlos. Exigen una mirada lateral, mirar de soslayo, al otro lado. Siempre están en el otro lado, justo donde no miramos. Liberar la mente de toda idea preconcebida. Los constructos mentales que son el origen de las edificaciones reales se derrumban con ellas, a la ruina material le sigue la ruina del modelo. En realidad, nada puede verse ni esperarse según la experiencia previa. No hay ni un solo modelo aplicable en un abandono, porque no hay nada modélico en lo contingente. Las categorías de lo general son inaplicables. El hombre como ser genérico, hecho de generalizaciones y supuestos, desaparece, abandona la escena. En un lugar abandonado, las cosas se presentan por sí mismas, sin mediaciones ni intermediarios. La COSA salvaje en estado puro levanta una mirada iluminadora, como el polvo se levanta del suelo, liberada de los planes y proyectos humanos, ya no está sometida a la utilidad ni existe de acuerdo a una función. No es siervo ni acata ninguna servidumbre. No sirve para nada ni para nadie. Es tal cual es en lugar de ser cómo debería ser, no reconoce el derecho a ninguna instancia a determinar el curso de su vida. Una cosa libre, una cosa cualquiera, hace LIBRE al sujeto que la contempla, le muestra el camino a seguir, la salida del túnel que él mismo ha construido. El mundo entero representa la lección. Es para nada; no es de nadie. Puede verlo. Está aquí; son así, tal cual son, así de singulares. Un mundo abandonado es un mundo liberado a sus propios deseos. Es lo que quiere ser.

XLII

Un lugar abandonado es y no es un LUGAR, porque desde el momento que sufre el abandono ya no es lo que era, queda aparte, apartado, desconectado del curso de la historia, entra en una nueva esfera, en otro mundo; como si hubiera sido borrado del mapa, cambia de naturaleza. Cenicienta es y no es el NOMBRE de un lugar, a la vez un cuento y un espacio físico, se mueve entre el sueño y la realidad, la alusión y la certeza, en un escenario cubierto de polvo y cenizas. Ahora está dentro. Permanece en cuclillas en la alcoba, al lado de la cama, bajo el dosel rojo. Podría pasar años captando imágenes para hacer justicia a una habitación de pocos metros cuadrados. Contempla en silencio, inmóvil, el cuadro de la epifanía de los Reyes Magos, un poco ladeada, que reposa en una silla tapizada de amarillo; deja pasar el tiempo, no hay prisa. Estar a la altura de la singularidad de este lugar, aparte de una forma extrema de atención, de deferencia ante lo que nos supera, era una manera de aproximarse a su infinita gama de detalles. Se conformaría con que los estados de su alma se acercasen en una milésima parte al baño de sensaciones que recibía. Una imagen debe hacernos mejores, es aquello que mejora el alma, afina la percepción y el pensamiento, amplía los horizontes del conocer, suscita sentimientos que no sabíamos que existían. El que sale después de la visión debe ser mejor que el que entra. Decide salir. Camina despacio en dirección a la biblioteca de Cenicienta. En realidad no es una biblioteca. Se trata de un banco de madera rectangular, con el respaldo hecho de tableros macizos; los apoyaderos de los brazos tienen el borde lobulado y la parte frontal del asiento adopta una forma abierta de corazón, hoja aplastada. Las dimensiones son considerables. Más de tres metros cuadrados de madera, porque el respaldo es muy alto, más allá de donde se situaría la cabeza del ocupante ausente. Encima del asiento, hacia el fondo, cuatro hileras desordenadas de libros, revistas y ficheros; la hilera de la izquierda cae hacia un lado, mientras que el resto mantiene su verticalidad. Un póster enrollado corona la estructura de este amontonamiento; ha quedado atrapado por el peso de la pila superior de libros. El extraño no se mueve. Está sentado en el suelo. AD-11. Es el nombre que figura en el dorso de un fichero; entre dos bandas rojas también puede leer: NORMAS. PLANOS. MÉTODOS. Mira a la derecha del banco, hacia abajo, se fija en un Cristo hecho de recortes; reposa sobre tres cajas de cartón. Deja la descripción para otra vez. Frente a las columnas de libros en equilibrio inestable, las tripas de un libro deshilachado cuelgan del asiento. No cae al suelo; está sujeto por el peso de dos libros sin cubierta que tiene encima. Una pequeña nube de telarañas parte del libro de la parte superior, el más grueso, hacia los montones que tapizan el respaldo. El título del libro colgante. ALEJANDRO MAGNO. A continuación lee la primera página, la única que puede leerse sin tocar nada. Todo un período de la vida del pueblo griego lleva su nombre -época alejandrina- y las más bella ciudad del Mediterráneo oriental se denomina Alejandría, perpetuando su recuerdo. Sigue otro párrafo. Cuando pasen los siglos y la Humanidad quiera fabricarse un arquetipo del hombre perfecto, el ejemplo de un varón que sea a la vez culto y esforzado, el primero en las armas y en las letras, el nombre de Alejandro el Magno acude a todas las mentes porque reunía en sí las Armas y las Letras, la cultura que le dio Aristóteles y el coraje que aprendió de Filipo. No hay más texto. Cierra los ojos para descansar la vista. A sus pies, un libro abierto polvoriento. GOGO EL PINGÜINO. Por hoy es suficiente. No sabemos lo que ve. Se levanta despacio y sale hacia el corredor colindante. Verá lo que el lugar tenga que ofrecer. Nada más. La descripción se detiene.

XLI

Los accidentes, las guerras y los muertos constituyen la parte fundamental de las noticias, se consideran acontecimientos relevantes, algo digno de ver; no se trata de una visión pesimista del mundo ni de una pasión morbosa, al contrario, expresa un optimismo desesperado, una chispa de esperanza antes del apocalipsis. Como nadie cree en su propia vida ni mucho menos que pueda morir, se asiste a la vez incrédulo y esperanzado a la muerte de los otros, a una muerte que parece posible otra vez. Mirar cómo mueren, la imagen del sufrimiento, sustituye a una vida inexistente, moribunda, vale por toda una vida, representa una visión reconfortante. El Gran Bosque se lo tragó. Los reporteros acuden al lugar de los hechos dispuestos a dar cuenta del milagro: alguien ha vivido; alguien ha muerto. Todavía hay esperanza para los que no viven. Las vigas del restaurante abandonado cedieron cuando el chatarrero intentaba arrancarlas. Murió bajo los escombros, tal como se muere bajo las bombas que derriban edificios como si fueran de papel. Cerca del restaurante, una furgoneta destartalada; en la parte de atrás, una bombona de butano, algunos hierros, chatarra y poco más. Es el epitafio de su vida, su testamento y su herencia. También la de todos nosotros. El perímetro está rodeado por una cinta policial. Aprovechando el suceso, se emite una entrevista con otros chatarreros en plena faena. Enseñan a la cámara las heridas de guerra, las cicatrices de la batalla con el metal y los cascotes. Conocen el abandono en su propia carne. Mucho mejor que una fotografía.

XL

Dado cómo empezó todo, el punto de inicio, no ha habido ninguna sorpresa. Algunos lugares singulares han sido, y seguirán siendo, aniquilados espiritual y materialmente, en medio de grandes celebraciones, palabras solemnes y miradas turbias. Era previsible. En el origen estaba el germen de la destrucción, el huevo de la serpiente. Cabe decir que al menos ha funcionado como maniobra de distracción, un movimiento estratégico, cebo, carnaza para ganar tiempo y poner a salvo otros lugares. El tiempo es vital. Muchos llevan nombres femeninos, como la mayoría de huracanes, un cuento hecho realidad: Blancanieves, Cenicienta o La bella durmiente. Y esperan su momento. La infancia existe, es el hecho básico de la existencia. La fantasía y la realidad coinciden. Las oleadas de destrucción tienen diferentes grados. La última plaga que asola los lugares abandonados son las visitas con permiso o previo pago, turismo fotográfico de quien no quiere ensuciarse las manos, se cree demasiado bueno para ponerse a la altura del abandono, teme perder su posición ilusoria y su integridad. Compra lo que quiere ver y la seguridad de poder verlo. ÉL o ELLA no es así, de ningún modo. La condena por esta soberbia es en apariencia leve, pero decisiva: la ceguera; no VE nada desde allá arriba. El turista prefiere mirar la pantalla del móvil antes que los cuadros. Sólo quien está abandonado, se abandona sin dudarlo un momento, puede y debe experimentar (el) abandono. El único y verdadero explorador, si esta palabra tiene algún sentido, la única CONTEMPLACIÓN posible, es el inmigrante que acaba de llegar a una playa desconocida, exhausto, completamente desorientado, sentado en la arena y mirando al horizonte. Lo ve todo porque no tiene nada. ES y VE en la más alta expresión de la palabra. Nada que no alcance esta intensidad existencial merece la pena. Como nota positiva está el hecho de que estamos hablando de lugares, y no de animales o personas; estremece sólo de pensar los efectos de esta nube negra, humanidad embrutecida, que va de de un lugar a otro, sobre los seres vivos. Sería la caza o la guerra sin cuartel. Sangre en lugar de escombros. Incluso ahora, en más de un punto del planeta, es sangre con escombros, rojo sobre gris. Todavía no hemos llegado a esta fase. Es una suerte.

XXXIX

La situación económica, el cierre y el desmantelamiento parcial o total de empresas, la reestructuración laboral, está creando una especie de paradojas vivientes, de fenómenos extraños en la ciudad a experimentar; el uso y el desuso, lo habitado y lo deshabitado, la actividad y la inactividad, conviven al mismo tiempo y en un mismo lugar, uno al lado del otro. Otra consecuencia de orden práctico es que la reducción de personal, por un lado, confiere a los lugares un aire fantasmagórico, a pesar de estar en funcionamiento, y, por otra, que los puestos de trabajo asignados tradicionalmente a labores de portería, conserjería, se suprimen por superfluos y las vías de entrada quedan libres. Puertas que deberían estar cerradas, están abiertas. Un simple trayecto en ascensor de las plantas superiores a las inferiores puede transformarse en un verdadero viaje a lo desconocido y lo inesperado. En la tercera y segunda planta del edificio reina la normalidad, mobiliario de diseño, moqueta; algunas personas. Todo en orden. Bajamos. Las puertas del ascensor se abren en el primer piso. Cambio radical de escenario, como si estuviéramos en otra parte, en otro mundo. Planta desolada, sin tabiques, cables arrancados; ni un solo mueble ni nada del más mínimo valor, paredes desconchadas. Sólo queda un extintor bajo una luz dorada que baña el vacío. La excepción un piso más abajo de la regla; la disfunción contigua a la función, la anormalidad a la normalidad. Es un verdadero choque sensorial, una conmoción en el pensamiento que resalta LA diferencia entre los dos espacios. Lo improbable es lo real. Volvemos al ascensor. Salimos a la planta baja. Otro tipo de escenario. Todo lo que se denominaría las existencias de la empresa han desaparecido, no queda ni un solo producto; estanterías vacías, incluso marcas de haber desenclavado estantes. Lo único que queda son los utensilios, la maquinaria, el mobiliario diverso, carretillas, cizallas, prensas antiguas, sillas, focos, extintores, algún libro, pero sin nadie que las utilice y sin desempeñar ninguna función. Todo inútil, inutilizado. Ha quedado fuera de la historia, privado de sentido, detenido en el tiempo. En una cartulina apoyada en un radiador puede leerse: "NO !!!". Es la última señal de actividad humana. El objeto liberado del hombre ocupa su lugar. Afuera empieza a atardecer.

XXXVIII

El hecho de que exista la actividad de ir a sitios donde nadie quiere entrar, ni mucho menos vivir, es, en principio, una buena noticia, una experiencia prometedora. Si tenemos en cuenta la situación económica actual, la precariedad generalizada, las bolsas crecientes de pobreza, y, sobre todo, que hay personas que viven ahí, en un lugar en ruinas, y así, y que darían su vida por estar en otra parte, en cualquier parte menos ahí, la valoración cambia de signo. La exploración de un lugar abandonado no puede darse desde la actitud de un sujeto que se cree por encima, mira con aires de superioridad el espacio que recorre, actitud distante del que MIRA sin VIVIR; en el fondo, cree que a él nunca le pasará algo así, que no será abandonado, que no vivirá (en) el abandono. No soy como tú es la firme seguridad que le acompaña, tanto si se refiere a otra persona como al lugar. Es la posición del que se cree a salvo y sólo mira por sus intereses, considera la piedad una debilidad. El abandono pide algo, exige una experiencia sin barreras sociales, que se viva esta inhabitabilidad, vida imposible e insalubre, a fondo y se guarde, como un preciado tesoro, al volver al mundo habitable; de lo contrario, la exploración se convierte en un acto frívolo, obsceno, más en tiempos de carestía, en un espectáculo de la pobreza y la miseria para los que (todavía) no son míseros ni pobres, ni quieren serlo. Hablar de lugares abandonados según para quién y según qué país resultaría una burla, cuanto todo está ahí, incluidas las personas, abandonadas por completo, libradas a la supervivencia y la muerte. La belleza de la decadencia sólo existe para aquellos que llevan una vida confortable. El lugar abandonado es un LUJO del primer mundo, un exotismo al lado de casa, bajo control. Todo esto se ha de expiar de algún modo, necesita una expiación, un mínimo tributo a pagar son las magulladuras, arañazos, cortes, baños de polvo y telarañas que la entrada y la exploración de un lugar abandonado ocasiona. Algo del visitante queda en el lugar y algo del espacio se une al extraño. En cierto modo, quedan a la misma altura, al mismo nivel, cara a cara, ser desvalido al lado de un espacio sufriente, marcas del tiempo en el sujeto y el objeto. Un cuerpo con memoria dentro de una espacio con memoria. Cicatriz subjetiva y objetiva. Son lo mismo. Ruina humana, herida por el tiempo, que se desplaza por las ruinas, como un harapo en movimiento. El cuerpo es la ofrenda en un espacio entregado al sacrificio; la sangre es la moneda de curso, el precio a pagar. El resto no vale la pena.  Mera diversión que obvia mirar aquello que le molesta, el abandono como un objeto de consumo que se olvida nada más salir. A los niños les gusta ensuciarse, chapotear en los charcos, revolcarse en la tierra, como forma de comunión con el mundo, de intercambio material. Son lo mismo. Igual de reales. La limpieza puede ser un síntoma de enfermedad; la mirada de desprecio, el desdén contenido, es una falta imperdonable en el reino de la pobreza. ► In memoriam M., el guardián de los gatos, que llegó realmente AL FINAL.

XXXVII

Cae una suave luz dorada sobre el suelo de baldosas blancas y negras. Sobre el pavimento en tablero de damas, una bañera blanca erguida sobre sus pies marca el inicio de una extraña partida; los tubos del agua arrancados, óxido en el desagüe. Como si fuera la primera jugada de un movimiento largo tiempo estudiado, quizá deseado, se agacha para contemplar la escena de más cerca. Frente a la bañera observa una tarjeta de visita apoyada en la pared. En toda la habitación no hay nada más. Ningún otro mobiliario ni objeto. Lee el nombre que figura en la tarjeta. No puede creerlo. Conoce a esa persona. No llegó a hablar con él, pero sabía quién era y lo veía a menudo. Después dejó de verlo. Sólo sabía una cosa de su posterior vida: Estaba muerto. Se incorporó. Ahora no era más que una pieza sobre el tablero de juego, junto a la tarjeta, la bañera, el muerto y la mansión abandonada. Había tenido que ir hasta ahí para encontrar al hombre perdido en la memoria, para encontrarlo muerto en un lugar olvidado, presencia de una ausencia, fantasma real que habitaba lo deshabitado. Era una tumba. La tarjeta representaba la inscripción en la lápida. Salió despacio de la habitación andando hacia atrás, casi sin respirar; dejó que los muertos, y sus recuerdos, reposaran en el lugar que habían elegido. La partida había terminado en tablas.
► Caput tympani XXVIa

XXXVI

Un cielo de tela, con un desgarrón en el lado izquierdo, donde las estrellas son pequeñas bombillas azules. Una nube de cartón apoyada en el suelo; un plato giradiscos, ladeado, que no dará vueltas nunca más. No hay duda. Está en el teatro, en el reino de la ilusión. El tiempo se ha apoderado de los despojos, de los harapos de la historia. Es el fin de las representaciones. Finis theatri; finis mundi. El telón rojo está abierto, un poco descompensado; alguien ha movido el contrapeso de los decorados. Arriba en el escenario, una rodilla en el suelo y la otra doblada, la mano sobre la rodilla izquierda, imagina que miles de rostros le contemplan desde la platea. Cuando desciende al patio de butacas, cree sentir que las miradas siguen en silencio sus movimientos; oye murmullos, pisadas detrás suyo. Pasea entre las filas de asientos, la mayoría cubiertos, amortajados con sábanas fantasmales. Los rayos de luz crean capas de colores en el espacio sombrío. A su paso se encuentra una pluma, un hueso y un trozo de pan reseco. Recuerda el falso cielo y la nube sin tormenta. No puede evitar pensar que todo lo que ha visto son señales de un cosmos disperso, el reinado de una falta de relación absoluta, que reúne lo heteróclito y lo inusual, modelo de lo que no tiene nada en común; no son indicios de otro mundo, un más allá celestial, sino de una inmanencia radical, de la pobreza y contingencia inagotables de este mundo otro, paraíso de la diferencia. El fin de la representación es el fin del espectáculo; queda la imagen del mundo como escenario pobre en decorados. No hay entradas. ► Caput exitii XXIV, XXIII Y XXII.

XXXV

Los coches de bomberos rodeaban el complejo al lado del parking. La policía acordona la zona. Las columnas de agua remojan los restos humeantes del edificio, ahora sin techo. Había ardido toda la noche. No hace mucho tiempo vio las motas de polvo volar entre las filas de estantes vacíos, numerados para una función ya en desuso; recorrió las taquillas de trabajadores que nunca más dejarían sus ropas colgadas; contempló los montones de documentos y fichas de clientes de la empresa eléctrica. El mapa que adornaba un despacho, con cortes verticales en dos o tres sitios, debía hacer quedado reducido a cenizas. Nada quedaba de todo aquello. La casualidad hizo que asistiera en persona al funeral definitivo del abandono. Quizá era una muestra de deferencia; lo estaba esperando para despedirse. Puestos a desaparecer, mejor hacerlo con un gran festejo, iluminando la noche, en medio de las llamas purificadoras. La pira funeraria era una súplica al cielo. Se quedó mirando en silencio.

XXXIV

Despojar a los muertos de sus ropas y pertenencias siempre se ha considerado un acto miserable, propio de tiempos de guerra o de situaciones de extrema pobreza. No hay que ir tan lejos. La falta de escrúpulos baña los lugares abandonados con una inmoralidad tibia. El jersey rebeca blanco cuelga de una percha delante del armario, a su lado, una camisa a rayas encima de un tablero, exposición impúdica de trofeos de caza, sacados a la fuerza de su lugar, fuera de las miradas, para poder ser retratados a placer. La silla frente a la puerta de colores forma una composición equilibrada, tan correcta, y de manual, como futil e innecesaria. La puesta en escena no tiene reparos a la hora de conseguir sus objetivos. El tocador está casi vacío, limpio de objetos, han desaparecido los potes de crema, la muñeca apoyada en el espejo, los perfumes y la botella de colonia marca "Cocaína"; el único resto de la rapiña a pequeña escala es un muñeco sucio de trapo, que sobresale de una caja de madera, con las palabras "T´estimo". Desde sus respectivos intereses complementarios, los fetichistas y los escenógrafos, en su afán de posesión y control de lo Otro, de mancillar y aplastar la diferencia, manipulan sin ningún pudor las cosas más íntimas de los ausentes o los muertos, nada escapa a su fijación y husmean, hurgan en los desechos como un perro hambriento. Lo grave es que no es por necesidad. Todo ha de ser como quieren que sea, de SU propiedad, y disponer de ello a su antojo, según sus deseos y caprichos. Esta violación de la intimidad rompe la ley no escrita de dejar en paz a los muertos y de no interrumpir el peculiar reposo de las cosas liberadas del hombre. Lo que ha salido del círculo humano porque está abandonado, hay que dejar que siga así, que siga siendo de "nadie", una cosa en estado libre y salvaje, fuera de la cadena humana de lo útil. Como los muertos, no debe volver a reintegrarse ni asimilarse; está perdido, lo Otro debe permanecer como tal, diferente, sin volver a ser lo Mismo. Un abandono es una suerte de sepulcro rebosante de vida. Los profanadores de tumbas, junto con verdugos y matarifes, forman una casta impura desde los albores de los tiempos. 
► Ultimate Debris Removal I

XXXIII

Ir a ninguna parte, a un sitio cualquiera sin especificar, es muy sencillo. Sólo hay que escoger una zona al azar, vagabundear hasta encontrar un área de matorrales y árboles sometidos al asedio implacable de la civilización, isla de vegetación entre el cemento, atravesada por carreteras y autovías, bajo un cielo surcado por líneas de alta y baja tensión, rodeada de campos de cultivo dispersos. Sin pensarlo más, adentrarse en su interior; iniciar el ascenso por el primer camino que salga al paso, a los lados árboles secos derribados; no desfallecer, caminar sobre la tierra polvorienta y las rocas, hasta llegar a la cima de la colina. Panorama desolador sin un alma viviente. Ya estamos en ninguna parte, en lo desconocido, a la vez muy cerca de los núcleos habitados y tan lejos como es posible de los lugares localizados y registrados, un agujero negro en el mapa. Podría ser cualquier sitio; podríamos ser cualquiera. En la nada, sobre guijarros y maleza seca, en un paisaje desprovisto de interés, volvemos a ser nadie, libres de todo. Reposar. Tal vez morir. El cuerpo se apoya en un árbol torcido. Vuela una libélula por encima de los matojos. Mucho mejor que una avioneta. El sol cae durante el descenso. (►Ultimate Debris Region I.)

XXXII

Atravesó el prado de hierba seca, salpicado por amapolas, y dirigió sus pasos hacia la casa. Todo estaba inmerso en un penetrante olor a manzanilla. Una vez dentro, comprobó que la cuna seguía en su sitio, vacía, listones de madera blanca que no albergaban ningún frágil cuerpo. No se entretuvo más. Bajó por las escaleras de piedra, flanqueadas por paredes azules, hasta el sótano inundado. El suelo estaba lleno de barro. El silencio era casi total, apenas se oía el leve rumor del hilo de agua que atravesaba la estancia. Había llegado. Era lo más parecido a una celda monástica bajo tierra. Nadie. Nada. Respiró un instante y se sentó sobre las escalinatas. Sabía a lo que había venido. De nuevo se quedó mirando, absorto, la nevera blanca hundida en el barro, como si fuera un monolito de origen desconocido, el último ídolo de un mundo condenado a desaparecer. No parpadeó. Los muros de piedra que le rodeaban eran ilusorios. Estaba muy lejos.

XXXI

El explorador cuando parte de misión sin designio, carente de objetivos, fuera de todo proyecto, siempre alberga en su interior una secreta esperanza junto a un deseo oscuro. La esperanza de encontrar algo otro, completamente diferente, que nadie haya visto, presa del olvido, que transforme su vida de forma radical, transmutación por la mirada. Y el deseo irreprimible de no volver, se prohíbe mirar atrás, confía en el fondo que no regresará. La muerte es el único acontecimiento que da cumplida fe de las dos demandas. El otro lado espera con anhelo su llegada.

XXX

No tenía dinero ni para comprar un cándado. Un alambre retorcido era lo único que servía de protección al refugio insalubre que había encontrado para vivir, una torre húmeda y expuesta a las inclemencias. Más de una vez había notado las cosas cambiadas de sitio, algunas faltaban. Pensó que incluso a los miserables les quitaban lo poco que tenían. La foto no. Así era antes, una persona, hace mucho tiempo. La lleva siempre encima. En ocasiones, detrás de las cortinas contemplaba atónito como grupos de personas paseaban entre las ruinas, creía ver cómo tomaban fotografías. Parecían alegres. Alguna vez lo habían visto y señalaban con el dedo hacia el edificio. Tenía miedo. No entendía qué hacían allí ni qué buscaban. No eran los peores. Como la noche en que apedrearon las ventanas de su mísero hogar. Prefería no recordarlo. Los visitantes tenían la suerte de irse tan rápido como llegaban. Contemplaban el incendio desde lejos, sin quemarse, lejos de las llamas. Nunca vivirían allí. No sabían lo que era vivir así. Aunque pudiera, a él, el miserable, al apestado, al excluido, se le quitaban las ganas de volver a un mundo donde esto era posible. El infierno tarde o temprano nos alcanza a todos.

XXIX

En la medida que visita lugares abandonados, el rhopógrafo, como explorador de lo insignificante y lo extraño, está cada vez más solo y existe menos, alcanza un estado infinitesimal de conciencia, se acerca al umbral de su propia desaparición. A pesar de esta inmersión en las fuentes primigenias de la soledad, no deja de estar cada vez más acompañado, es el centro de una reunión, una convocatoria creciente, porque se impregna de una multitud de presencias invisibles, rastros inmateriales del espacio. Su inexistencia se carga de una fuerza de potencial elevado; la soledad se transforma en una compañía múltiple. Es un fantasma entre los fantasmas. Vive rodeado de extraños.

XXVIII

Siempre hacía lo mismo. Antes de entrar a cualquier recinto abandonado, se detenía por unos instantes, respiraba y saludaba en silencio. No obtenía ninguna respuesta. Se lo tomaba como una falta de objeciones serias, una invitación para cruzar el umbral. Pasado el tiempo, al salir, volvía a saludar a la nada circundante. Era un enigma en una escena poblada de fantasmas. Nadie sabía si el saludo iba dirigido al lugar vacío o si se trataba de una nueva versión del amigo invisible, a modo de ritual que rememoraba las noches oscuras de la infancia. Una cosa era segura: la aparente esterilidad del acto manifestaba una muestra de agradecimiento y un gesto de complicidad. El visitante y el lugar estaban dominados por las mismas constantes. La despedida era en realidad el sello de una relación imperecedera.

XXVII

La exploración rhopográfica es una acción paradójica que tiene por fin la contemplación, el acto cuya finalidad es la inacción, el movimiento paroxístico que tiende al reposo. Como descripción sobre el terreno es un hacer, un ver y un hacer ver, desplazamiento que registra sus propios movimientos a medida que los efectúa. Acto a destiempo, fuera del tiempo, acto final que se desarrolla en un espacio vasto y desolado, regido por un tiempo puro, aislado y solitario. Explorar es ser en la única forma posible del (no)ser, intención vacía que se suma a la ausencia, el espacio ausente de sí mismo, abandonado, extraño para sí y los otros. Las esferas transparentes del actor y el escenario se comunican en el vacío.

XXVI

Las cosas insignificantes, residuales, liminales de este mundo no deben ser significadas ni manipuladas en su propio espacio; en esencia son inapropiables y no pueden ser objeto de posesión ni apropiación. Privado y público, propio y ajeno son categorías que no se aplican a lo insignificante. El castigo por la apropiación es la pérdida de la insignificancia y el nacimiento funesto de la propiedad. La mirada no debe querer que el mundo sea a su imagen y semejanza; en realidad, no debe querer nada, debe dejar que el mundo sea como quiere ser, esto es, de cualquier manera. La modificación del escenario, la puesta en escena, es una traición a lo visible, el paso decidido que cruza el umbral de la inocencia. La misión del ojo no es controlar, ejercer un dominio práctico sobre las cosas, sino ver y dejar ver lo que no puede controlar, lo incontrolable, imagen que escapa al propio aparato óptico. El reino de la infancia en la tierra es esta visión liberada, sin propiedades, de cosas y seres libres.

XXV

Si se valora la situación desde la perspectiva de la experiencia concreta, con independencia de la normativa jurídica aplicable, pertenece a la naturaleza del lugar abandonado no pertenecer a nadie. El estado de abandono, como categoría política límite, significa un estado de excepción continuado, una suspensión de la propiedad, la legalidad y la moralidad colectivas; un vacío legal y moral, tierra de nadie encerrada entre paredes, ya que en su interior nada de lo que rige en el exterior tiene validez, donde el individuo singular está solo frente a sus actos y decisiones, no tiene instancia ni sujeto posible al que recurrir. Es tal como es sin nada ni nadie que le sirva de coartada. La condición objetiva de no-pertenencia del espacio se corresponde con la situación subjetiva de no-inclusión del singular. Como todo lugar abandonado es inhabitable y deshabitado por esencia, las (in)habitaciones de los sujetos que lo recorren y, sobre todo, de los que buscan refugio temporal, aparecen como un conjunto aparte del propio conjunto que forma el espacio, sin llegar jamás a incluirse, siempre a distancia, al lado sin reducirse uno al otro. Los habitantes del estado de abandono, los singulares que buscan cobijo, un techo para su vida marginal, sólo pueden tener el estatuto de refugiados, desterrados, expatriados, los sin techo, vagabundos, familias sin recursos, adictos o inmigrantes acorralados. Antes bien que motivo de molestia, o lo que es peor, de desprecio, habría que reconocer que soportan una existencia que no podemos ni imaginar, emponzoñada por el sufrimiento, y que se mantendrá siempre tan desconocida como el propio lugar. Rendir tributo al espacio es rendir tributo a los que buscan refugio en él, última esperanza de los que carecen de todo.

XXIV

Recorrer un lugar abandonado, desierto, habitar momentáneamente lo deshabitado e inhabitable, siempre tiene un efecto revitalizador, es un estímulo, eleva los niveles de intensidad anímica de un modo similar al contacto con los animales o la naturaleza. La constelacion y el enigma que trazan estas experiencias diversas apunta una solución paradójica al problema. Las fuerzas de la tierra sólo pueden despertar cuando se produce el declive de lo humano; la ruina de la humanidad vivifica al hombre, el fin de la historia es un principio vital. Los límites que no somos son necesarios para ser, descarga eléctrica que sacude la mente y el cuerpo.

XXIII

El altar y los bancos de la capilla estaban cubiertos de una fina capa de polvo blanco. No era nieve. El techo dorado se mantenía en buenas condiciones. Los pedestales estaban vacíos, uno azul en el centro y dos rojos a los lados. Sin figuras ni iconos; nada santo ni que aludiera a lo divino. Sólo tiempo y color. La vaciedad era la única liturgia. Pensó que así debería ser siempre. Ahora caminaba de noche por la ciudad, entre regueros de rostros anónimos, alumbrados por luces de colores; cada uno se había convertido en su propio dios y había alzado su propio pedestal. La música pretendía ser alegre; en realidad sonaba a funeral. Hasta que los tronos y los pedestales no vuelvan a quedar vacíos, el reino de los cielos no se hará en una tierra resplandeciente. Dios no debería haber existido nunca.

XXII

Entró en la sala hasta llegar al centro. Permaneció tan inmóvil como las paredes desconchadas que le rodeaban. Después de inspirar y expirar el aire varias veces, cerró los ojos, levantó los brazos en cruz y elevó la cabeza al cielo. El eje de la tierra estaba sobre su cráneo; la vertical sobre la horizontal. Era imposible saber si el cuerpo giraba en el espacio o la bóveda del universo alrededor de su figura, cada vez más rápido, hasta que sintió el aleteo del frío y el vacío entre sus dedos; entonces su imagen desapareció como si nunca hubiera existido, se desvaneció como aspirada por los muros. Iba a entrar para comprobarlo otra vez.

XXI

Visitar lugares abandonados, desposeídos de todo valor, en compañía, pone de manifiesto un vínculo paradójico, fuera de los ejes omnipresentes de la familia y el trabajo, que tiene por único fundamento la soledad compartida, modelo de una societas vidente y dispersa. Una humanidad solitaria y contemplativa no se dedicaría a la producción y la acumulación de riqueza, para elevar un supuesto nivel de vida, sino a la elevación de la propia vida a un estado de videncia continuo, a una pobreza pródiga y abundante en visiones.

XX

Un autor desconocido retrata diferentes partes de un espacio devastado y cuelga las imágenes en las paredes del sitio. El lugar abandonado se transforma, mediante este simple acto, en la galería de sus propias reproducciones, para visitantes anónimos, e inicia un movimiento autorreferencial de difícil detención. Una muestra de cortesía adecuada es reproducir a su vez cada reproducción y proseguir la cuenta al infinito para la eternidad. ► Locus solus XXIV

XIX

La sesión de fotos se había iniciado pronto en el hotel abandonado, por la mañana, para aprovechar al máximo la luz y el calor del sol. Una modelo estilizada, vestida tan sólo con un body negro ajustado, arquea su cuerpo sobre una pared llena de grietas. Negro sobre blanco. A su lado, una chica toma medidas con el fotómetro o utiliza un flash auxiliar según la necesidad; frente a ella, completa el trío otra chica que apunta con el objetivo de la cámara. No es la primera vez que viene por aquí; hace dos años que visita el lugar. Antes han visitado una fábrica. La modelo propone tumbarse en el suelo. La respuesta que le dan es si te atreves... El flash relampaguea frente a una chimenea, el cuerpo sinuoso dibuja una sombra; el ladrillo rojo y el hollín sirven de fondo silencioso e impasible a la escena. 

XVIII

La casuística peculiar de un lugar abandonado implica que es un lugar artificial en tránsito, sujeto a un proceso de transmutación, una alteración profunda, que aboca a la recreación de un lugar natural. Esta naturalización responde a los criterios de instauración progresiva del silencio y la soledad, a causa de la desaparición de los hablantes y el habla; pérdida de la función y del significado de los objetos, las estructuras y los espacios colindantes; dominio de la dimensión del tiempo y deterioro del entorno material, y colonización por especies vegetales y animales. La regresión a todos los niveles, a modo de alquimia invertida, se concreta en el paso del significado a lo insignificante; de lo útil a lo inútil; de lo productivo a lo improductivo, y de lo valioso a lo residual. Explorar es experimentar cambios, EL cambio en estado puro, la frontera sinuosa que separa y divide la naturaleza y la cultura. La valoración que se haga de este hecho, desde qué lado y en qué parte de la línea divisoria caiga la mirada de la exploración, determina el sentido de la búsqueda, la recompensa anhelada, y tanto el rechazo como la atracción sin reservas.

XVII

Estaba lleno de polvo, impregnado de pies a cabeza de un olor sulfuroso como si hubiera salido de las profundidades del infierno; respiró unos segundos e inició el ascenso por la ladera pedregosa, llena de arbustos, situada detrás del edificio. Cuando apenas llevaba un trecho recorrido, de repente se dio cuenta. Había entrado y visitado tantas veces aquel lugar deshabitado, pasado tanto tiempo en su interior, que ya no sabía cuál era su casa, qué significaba realmente volver a casa. Con toda probabilidad, ya no había lugar en el mundo que pudiera llamar hogar, pertenecía a partir de ahora a la estirpe nómada y su pueblo habitaba al lado de las sombras, fuera de los caminos transitados. Reanudó la marcha, pensativo, y superó un pequeño muro de piedra que marcaba la mitad del camino.

XVI

Desde el punto de vista de la evolución de los mercados, un edificio abandonado, cuanto más ostentoso mejor, es el lugar donde la economía alcanza su cenit, entra en crisis y revela la ausencia de valor en la que se basa el intercambio monetario. Dentro de las enseñanzas que reciben los economistas, debería incluirse como práctica obligatoria la visita a las ruinas y los desechos de las crisis periódicas, por no decir a las víctimas de las hambrunas, quizá de este modo las plazas quedarían vacantes.